sábado, 30 de marzo de 2019

Infestación

-Ugh, qué asco. En el nombre del Emperador, ¿Qué cojones es esto?

El sargento imperial se hizo a un lado para vomitar sobre sus botas negras. Sus dos acompañantes, guardias imperiales con el uniforme blanco, se hicieron paso hacia el cadáver que acababa de mirar su superior, y pusieron caras que iban del asombro al asco.

-Puagh, joder

-Es... ¡Es una rata!

Efectivamente, el cadáver era de una rata enorme de por lo menos un metro y medio. Solo que al contrario que la población común de ratas de la ciudad, esta llevaba ropa. Unos harapos negros para cubrir su cuerpo, y al parecer había muerto debido a que se había suicidado clavándose una espada curva en el esternón, de manufactura desconocida.

-No es una rata normal y corriente- dijo el guardia mientras se tapaba la nariz con una mano y espantaba a las moscas que habían acudido a por el cadáver con la otra.

-Dejadme que mire el manual- respondió el comisario, que estaba buscando la excusa perfecta para no tener que mirar otra vez el cadáver- ¡Ajá! Aquí viene. Es un shu. Pero no sale como en el retrato...

-¿El qué?

-Parece que tenía una especie de enfermedad...

-¡Jefe!

-¿Qué, qué?

-Que qué es un ptu

-¿Ptu?- el comisario se rascó la cabeza

-El... la cosa esta- señaló el cadáver, y el sargento miró hacia otro lado

-Ah, sí, erm... es un shu

-Vale, y qué es eso

-Pues lo que pone aquí en el manual

-Vale, pero qué es lo que pone

-Ah, sí, sí... los shu son hombres rata que vienen desde Shútu.

-O sea, vienen de fuera

-Sí, básicamente

-Genial, eso significa que podemos matarlos sin que nadie nos mire mal

El sargento volvió a rascarse la cabeza. Miró el rastro de sangre negra que había dejado la criatura a su paso, y que había sido exactamente lo que había llevado a los guardias de las alcantarillas a llamar la atención sobre el cadáver. Pensó que el plan de actuación imperial sobre invasiones foráneas era bastante claro sobre la línea de actuación que había que seguir

-Hay que reunirse en la comisaría y hablar con los altos mandos. ¿Cual es la ruta más cercana hacia el mar?

-Ah, pues- uno de los guardias se empezó a rascar el culo- según los cazarratas estas alcantarillas llevan al mar

-Estupendo...

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"Estupendo" pensó el shu

Skabscror gruñó en señal de desaprobación hacia la líder de la manada. Esta hizo caso omiso de la amenaza y siguió escabulléndose por el túnel

El plan estaba siendo un desastre

Siguió corriendo detrás de sus compañeros de camada sus compañeros renzhe, suplicando para sus adentros a Sarvanaash para que consiguiera sobrevivir al final del día. Estaba tan asustado que estuvo a punto de secretar el almizcle del miedo, pero al final consiguió aguantarse, ya que pensó que una metida de pata tan grande complicaría mucho su ascensión social, y más en su primera misión dentro de la orden de los renzhe

Sus demás compañeros, más  experimentados, trepaban sobre sus cuatro patas por los recovecos de la alcantarilla igualando al mismo tiempo una velocidad encomiable. Skabscror, más acostumbrado a correr sobre sus dos patas inferiores, siguió el ritmo al grupo como podía. Desde luego estas condiciones no ayudaban para nada a que el novato asimilase su rol dentro de la manada, y menos cuando él no había tenido ninguna culpa de que las cosas se torciesen tanto.

Ningún compañero pareció notar el retraso de Skabscror. La situación se había complicado tanto que no se lo podían permitir. Y Skabscror tampoco les echaba la culpa, ya que la misión era más importante que su propio pellejo, y era una idea que había tenido que aceptar a regañadientes. Sin embargo, cuando ya llevaban muchos latidos escabulléndose por las alcantarillas, la líder ordenó una parada en una bifurcación.

Los renzhe no desperdiciaron ni un solo segundo en hablar. Todos, Skabscror incluido, aprovecharon el momento para ahorrar todas las energías posibles, tumbandose en la oscuridad y devorando las provisiones que cada uno debía llevar por su cuenta. La líder, cuyo nombre Skabscror desconocía, fue la única que no descansó. Ella dejó el grupo un momento para asomarse por la bifurcación, y olisquear con su largo morro de color pardo. Diez latidos después ya había vuelto de nuevo al grupo, y estaba empezando a sentarse sobre sus patas posteriores cuando empezó a cuchichear entre las sombras:

-Delante-ahí hay ciento cincuenta pasos-latidos, y luego llegaremos-iremos a la cosa-flotante

Skabscror asintió. Si la líder no había dicho nada más, eso significaba que muy probablemente la salida de la cloaca estaría a varios pasos del nivel de la cosa-azul. Afortunadamente, entre todos llevaban suficientes cuerdas como para descender con seguridad, ellos y el cargamento que llevaban consigo.

Asi por fin le pondrían punto y final a aquel viaje que Sarvanaash no había tenido a bien bendecir. Ya llevaban muchos ciclos viajando de una cueva a otra en pleno territorio enemigo. Por el camino, numerosos peligros de las profundidades habían acechado una y otra vez, hasta reducir el grupo a su tamaño actual. Y lo habían hecho todo para lo que, en opinión del novato, era una recompensa miserable y desproporcionada. Cuanto antes volviesen a Shutu, antes recuperarán el favor de su diosa y podrían olvidarse de lo que habían tenido que pasar.

Al parecer la líder debía de pensar exactamente lo mismo, ya que se levantó y corrió hacia la salida. Los demás, sin decir nada ni rechistar, se levantaron al mismo tiempo para seguirla. Seguían corriendo, pero ahora a una velocidad un par de latidos menor, deteniéndose de vez en cuando para olisquear los alrededores.

Atravesaron el cruce a través del túnel, y su final pudieron ver como la luz de Yuèliàng efectivamente se colaba a través de una boca de alcantarilla que llevaba a la cosa-azul. Ahí tenía que estar la cosa-flotante junto a un par de shu esperando para partir con rumbo de vuelta a Shutu

Ah, pero si ya has llegado hasta aquí sabrás que las cosas nunca salen tan bien. Y la líder de la manada también debió de darse cuenta, porque llegado el momento se paró de bruces, oliendose que estaba pasando algo raro. Y vaya que si lo estaba

De repente la líder cayó hacía atrás. Los shu apenas tuvieron segundos para ver qué sucedía, y es que efectivamente su líder había sido asesinada por tres flechas que se habían clavado en su cabeza. No solo la cosa-flotante ya no estaba en su lugar acordado, sino que además las cosas peladas les habían tendido una trampa

La reacción de los shu no se hizo esperar. Skabscror giró sus patas hacia atrás junto al resto de la manada, y corrieron de vuelta hacia la bifurcación. Oyeron como un par de cuerpos más cayeron al suelo, sin duda derribados por las flechas de las cosas-peladas. Skabscror corrió con todas sus fuerzas, dando las gracias a Sarvanaash pro ser tan lento ya que eso muy seguramente le había salvado la vida.

Cuando llegaron al final del túnel los shu se miraron silenciosamente unos a otros. Más flechas golpeaban la pared que acababan de dejar. La decisión estaba clara. Y la escala de mando estaba bien definida. A lo lejos les llegaba el eco de las voces de las cosas-peladas, pisando con sus pesadas armaduras el lodazal de las alcantarillas. El nuevo líder de la manada dirigió el grupo de vuelta a las profundidades

Skabscror maldijo con todas sus fuerzas su suerte, y a quien fuese que les había traicionado. Porque esa era la única explicación para que la líder de manada hubiese muerto. Una traición muy gorda que les había puesto en una situación muy comprometida, con el escuadrón por completo diezmado y rodeado de enemigos con un armamento superior.

Corretearon por los túneles, usando su olfato y su oído avanzado para esquivar las patrullas de las cosas peladas, teniendo siemrpe memorizado el mapa de los túneles. Esto fue así hasta que se dieron cuenta de que todas las salidas estaban bloqueadas. Así que los shu, para desgracia de Skabscror, acordaron silenciosamente que debían atravesar uno de los túneles, y matar en el proceso a todos los enemigos que encontrasen por el camino.

Para ello habían elegido el túnel con la patrulla más pequeña, un tamaño adecuado en teoría. Pero Skabscror sabía la terrible verda:incluso tratándose de un grupo en teoría más pequeño, seguía siendo una patrulla de tamaño considerable llena de cosas-peladas mucho mejor armados que ellos, que solo tenían trapos y harapos negros con los que pelear contra los arcabuces y lanzas de las cosas-peladas. Y todo ello por no hablar de las patrullas adicionales que habría dentro y fuera del alcantarillado. Necesitarían un milagro, o a la mismísima Sarvanaash, si querían salir vivos de ahí

Efectivamente cuando tuvieron al a vista las antorchas del enemigo se encontraron con una gran patrulla armada con arcabuces, lanzas, escudos y vistiendo el uniforme blanco y rojo del Imperio. En cuanto atisbaron las siluetas que se asomaban por el túnel las cosas-peladas plantaron sus escudos en la inmundicia para proteger a sus arcabuceros, que iban preparándose

Skabscror se puso nervioso. Era consciente de que los latidos que estaba teniendo ahora muy fácilmente podían convertirse en sus últimos latidos. Para siempre. Lanzó con todas sus fuerzas una plegaria silenciosa dirigida a su todopoderosa diosa, y recordó a fuego y sangre la estrategia de combate. Uno da una puñalada, otro se acerca por detrás. Otro apuñala, uno se acerca por detrás. Uno apuñala, otro acorrala. Otro acorrala, uno apuñala. Uno apuñala, otro acorrala...

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Gazpacho estudió la oscuridad de los túneles. Como no consiguió ver nada, se encogió de hombros, y le dió un bocado al bocata de chorizo que se había agenciado para la patrulla, aprovechándose de que ni su superior ni sus colegas estaban ahí para reprenderle.

Gazpacho debería estar ofendido porque le limitasen a una tarea de vigilancia en una misión tan importante por ser el recluta más joven, pero en el fondo no era así como se se sentía. Estaba agradecido porque así no tendría que meter sus caras botas en la mierda.

Entonces oyó los disparos.

Se levantó de golpe, lo que provocó que se le cayese el bocata al suelo. Gazpacho miró tristemente la comida desperdiciada, antes de desenvainar su espada y adentrarse en la oscuridad.

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Skabscror dejó de devorar la cara del guardia por un momento. Alzó la vista, y lo único que pudo ver a su alrededor fueron cadáveres y moscas. Todo lo que le rodeaba eran los cuerpos muertos tanto de camaradas afines como de las cosas-peladas. Por un momento Skabscror no se creyó lo que veían sus ojos, asi que volvió a girarse.

Efectivamente, parecía que él había sido el único superviviente. La batalla había sido tan cruenta que el resto de los renzhe habían muerto. Skabscror sacudió el cuerpo de uno de ellos, pero de su boca solo salió una mosca. Tiró el cuerpo al suelo, y empezó a patear otro, sin éxito. Hasta se atrevió a sisear un par de palabras:

-Soy yo-yo, Skabscror ¿Hay alguien vivo-aquí?

No recibió ninguna respuesta

Por un momento, Skabscror estuvo apunto de sucumbir a un ataque de pánico. El corazón le sacudía los oídos con el sacudir de sus latidos, la vista se le nublaba, las garras le temblaban. Cerró los ojos. Afortunadamente consiguió frenar el pánico gracias al entrenamiento que había recibido, pero eso supuso gastar unos pocos latidos valiosos en serenarse mediante la meditación. Cuando abrió los ojos no solo seguía rodeado de cadáveres, sino que el olor del resto de las cosas-calvas se había acercado bastante, seguramente debido al ruido de la batalla. Sí, podía oír sus gritos rebotando por las paredes, sus pasos pisando el agua. Si quería aprovechar su inesperada suerte, tendría que actuar rápido

Cogió una larga espada del cadáver de uno de los renzhe más veteranos del grupo. Cogió un saco de provisiones. Y recordando que la misión no podía fallar, salvó al menos uno de los documentos secretos que habían venido a robar. Con eso ya debía estar todo, así que Skabscror se incorporó para salir por patas del lugar, usando la ruta que el grupo iba a recorrer originalmente, ahora que las patrullas tardarían un poco en cubrir el hueco

Sin embargo, acababa de aparecer una cosa-pelada enfrente suya

Skabscror gruñó disgustado. La cosa-pelada intentó blandir su espada, pero temblaba tanto que esta se le escapó de sus dedos. En seguida el shu pudo averiguar qué estaba pasando: a la cosa-pelada le latía el corazón tanto como él, y se había dejado llevar por el pánico. De hecho, podía oler en el aire que la coa pelada había secretado el almizcle del miedo.

Confiado, Skabscror avanzó un poco más. Asustada, la cosa-pelada intentó moverse hacia atrás, pero tropezó con un brazo mutilado y cayó al suelo. El pánico le podía tanto que ni siquiera podía gritar

Skabscror avanzó más. Desenvainó la espada de sus camaradas muertos y apuntó con ella a la cosa pelada.

Alzó la espada

Y se fue corriendo del lugar


A día de hoy Gazpacho sigue sin saber qué llevó a aquella criatura monstruosa a perdonarle la vida



El origen de los shu

Se dice que hace mucho tiempo, cuando la Tierra Infinita apenas era un recién nacido dentro del mapa cósmico, había una guerra entre dos grandes bandos de dioses. Obviamente las razones por las que semejantes poderes estaban en liza se desconocen, pero hay varias leyendas antiguas que aluden a este conflicto

En una de ellas, el conflicto era entre el panteón del dios Shaanti, y el panteón del dios Yudd. Por un lado Shaanti era una deidad pacífica que defendía que había que dejar que la evolución de Tierra Infinita siguiese su curso. Por la otra parte estaba Yudd, deidad más agresiva, que defendía intervenir directamente en los asuntos de los mortales para llevar a la gloria cósmica al panteón.

Dicen que el conflicto se extendió durante eones, aunque dada la leyenda puede ser que dicho enfrentamiento se limitase a debates intelectuales entre las nubes del amanecer, o que se redujese a la utilización por parte de un bando y otro de avatares humanos que representarían los intereses divinos.

El caso es que cuando parecía que el conflicto se alargaría para siempre, el lugarteniente más cercano a Yudd empezó a replantearse la idea de traicionar a su dios para terminar con la guerra. Su nombre era Chooha Shu. Era tan inteligente que en una reunión secreta con el dios Shaanti acordó que en la próxima batalla apuñalaría por la espalda a Yudd para así terminar con la guerra. Le confesó al bando de los pacifistas que entre los partidarios de Yudd también reinaba la desidia más absoluta, pues todos pensaban que la guerra había durado ya demasiado y querían volver a dedicarse a sus asuntos privados.

Terminada la reunión, Chooha se retiró satisfecho. Soñaba con ser aclamado entre mortales y dioses como el que por fin acabaría con la guerra más importante de la época. Una vez en el panteón de Yudd se reunió con el resto de sus camaradas para planear el golpe. Por supuesto, no tenía realmente intenciones de matar a su propio dios. Solo iba a darle un buen escarmiento, tal vez una pequeña herida, un gesto simbólico que alterase ligeramente la balanza a favor de un dios menos destructivo. Al fin y al cabo se había pasado toda su existencia admirando a Yudd, queriendo ser como él

Sin embargo, el destino de Chooha no iba a ser tan benevolente. Yudd un día empezó a sospechar que uno de sus vasallos iba a traicionarlo. Así que fue directamente al panteón de Shaanti. Como había venido de invitado, el dios pacífico no le pudo negar la entrada, así que Yudd no tardó en tener a su gran némesis cara a cara dentro de su panteón.

Ahí Yudd se limitó a preguntarle a Shaanti si sabía quién era el dios que pensaba traicionarle. Shaanti ni siquiera dudó un segundo cuando respondió que dicho dios era ni más ni menos que Chooha Shu

Dentro de las escuelas de expertos en mitología se suele especular con cual pudo haber sido la razón para que Shaanti traicionase a Chooha. Algunos dicen que lo hizo porque hacer lo contrario habría implicado mentir, y una entidad absolutamente bondadosa como era Shaanti no podía traicionar así a su propia naturaleza. Otros dicen que probablemente Shaanti tenía intereses ocultos en alargar la guerra hasta el infinito. Y unos pocos más dicen que a Shaanti realmente no le caía muy bien Chooha, y prefería arriesgarse a ser derrotado por Yudd a que un dios del otro bando le arrebatase toda la gloria.

Volviendo al relato, Yudd lógicamente no se tomó muy bien la traición de su vasallo. Dicen que ese día el dios creció hasta el infinito y esparció su poder negativo por todo el universo, creando el vacío negro que hay entre las estrellas. Hecho una furia, se apareció de repente en medio de su propio panteón. Ahí estaba precisamente Chooha junto a todo el panteón de Yudd, confabulando a sus espaldas.

Pero en cuanto apareció el dueño del panteón todos los dioses que habían pasado milenios admirando y elogiando a Chooha huyeron de ahí. Antiguos camaradas, hermanos, hijos y padres huyeron de la presencia de Chooha, atemorizado por la amenaza de Yudd. Choona al verse sobrepasado por la situación, intentó huir. Pero Yudd lo retuvo poniendo su pie encima de él sin muchas dificultades.

Atrapado el traidor, Yudd procedió a castigarlo para que a nadie más se le ocurriese intentar volver a hacer lo mismo. Allí utilizó de manera inmisericorde todo su poder divino para acabar con Chooha. Durante un siglo entero Chooha murió víctima del devastador ataque de su antiguo patrón. Empero, antes de morir consiguió pronunciar una última frase, o más bien una maldición.

Juró que mientras su memoria perdurase el legado de Choohah Shu permanecería para siempre entre las raíces de la Tierra Infinita. Prometió que cuando Shaanti, Yudd y todos sus lacayos y lacayas no fuesen más que el recuerdo del polvo, Choohah seguiría viviendo

Acto seguido Choohah murió, partido en mil pedazos por un poder indescriptible. Yudd dedicó gran parte de sus esfuerzos a recorrer la existencia para destruir todos los restos de su antiguo lugarteniente. Sin embargo, un trozo consiguió sobrevivir, oculto en la Tierra Infinita.

Ahí el espíritu de Choohah usó a un ser vivo como vehículo espiritual. Los expertos en mitología nunca se han aclarado sobre si fue Shaanti el que, arrepentido, quiso dar una nueva oportunidad al dios rebelde, o si fue la propia maldición la que transformó el fragmento de poder, pero el caso es que ahí mismo lo poco que quedaba de Choohah utilizó a un vájana o vehículo espiritual en el mundo material.

Ese vájana era una simple rata albina

A resultas de esto, la rata creció más allá de su tamaño normal, hasta alcanzar la altura de un ser humano. Sus patas se transformaron para poder sostener su peso. El cerebro de la rata creció para acomodarse al nuevo cráneo. La cola ratonil creció hasta poder llegar a tocar la espalda del nuevo ser. Y en los ojos rojos del animal creció un brillo de inteligencia.

Así fue como nació la raza que luego pasaría a llamarse asímisma como los shu, en honor a su dios. Y a pesar de que Yudd castigó la tierra para aniquilar esta nueva raza, los shu se escondieron en las cavernas más profundas y sobrevivieron. En respuesta Yudd puso de acuerdo a todos los panteones en despreciar y odiar a los shu, y pro extensión a todas las ratas de Tierra Infinita

Pero aún hoy en día, muchas generaciones después, los shu siguen existiendo y sobreponiéndose a todos los obstáculos que se les presentan porque saben que, por duro que a vece pueda parecer todo, lo que sufran nunca será ni una centésima del dolor que padeció Choohah para poder desafiar las leyes del universo y permitir su propia existencia

viernes, 29 de marzo de 2019

La armadura del bárbaro

La posada Pies Bríos no era conocida precisamente por su falta de hospitalidad. El dueño, Mostacho, era conocido en los pueblos vecinos por su gran amabilidad. Su bigote negro y largo servía como atracción para los más pequeños, a lo que Mostacho respondía atándose el bigote de maneras estrafalarias. Los mozos que habían trabajado en algún momento de sus vidas en Pies Bríos habían salido satisfechos, bien pagados y soltando grandes alabanzas hacia el dueño del local. Hasta los bandidos de la zona respetaban la posada porque sabían que mientras Mostacho lo regentase, no cabría más ley en Pies Bríos que la de su dueño.

De todas maneras, no siempre se mantenía la paz en la posada. Un día una gran tormenta se desató en la zona, de esas con grandes relámpagos, lluvia impenetrable, y fondo azul. En la posada, más vacía de lo habitual, dos hombres jenezinos que claramente habían bebido una copa de más se enzarzaron en una pelea ruidosa. Mostacho ordenó a uno de sus mozos que calmase pacíficamente los ánimos, pero la respuesta del borracho más anciano fue la de golpear en la cara al joven. A continuación, el hombre rompió una botella de cristal en una mesa, y estaba a punto de arremeter contra el mozo con el cuello de botella roto cuando sonó un gran portazo.

Las puertas acababan de abrirse, y a través del hueco entró una gran corriente de aire que apagó las velas y antorchas de la posada. El borracho se dio la vuelta, y justo en ese momento, para reforzar el efecto dramático, un relámpago iluminó brevemente la estancia. Pudieron ver que acaba de entrar un hombre semi-desnudo fornido,de pelo negro, adusto, de casi dos metros de alto, vestido con un taparrabos. Sus músculos eran más grandes que los de cualquier leñador que jamás se hubiese visto, y llevaba una inquietante espada enfundada en un cinto, pero lo que hizo que por un momento los borrachos tragasen el aliento fueron los ojos del forastero. Eran unos ojos azules, gélidos, que habían visto mundo. Con una sola mirada el extranjero ostentaba un aura de poder mayor que la de cualquier rey o noble que hubiese existido jamás por aquellas tierras

Mostacho le ordenó a un mozo que cerrase las puertas mientras él volvía a encender las luces. El bárbaro hizo caso omiso de todo a su alrededor. Caminó hasta la barra, donde con un gesto dio a indicar que estaba pidiendo una jarra de cerveza. Los borrachos ya se habían recuperado del susto, empero como su orgullo estaba herido, fueron a sentarse a izquierda y derecha del bárbaro, probablemente inspirados por una mezcla igualada de estupidez y embriaguez. Mostacho le tendió una pinta de cerveza corleana al recién llegado.

-¿Y tú quien eres, eh? ¿Tal vez un esclavo del norte?

-¡No, no! ¡Yo sé quién es! ¡Es un don nadie!

Los dos borrachos se rieron sonoramente, pero el bárbaro no dio cuenta de haber escuchado nada, entretenido en beber la cerveza de Mostacho. Sus agresores dialécticos ya habían llegado demasiado lejos así que siguieron con el acoso verbal:

-Apuesto que no sabes lo que es la ropa

-No, no, ¡Apuesto a que no sabe ni deletrear!

-Oye- interrumpió Mostacho, dirigiéndose más al bárbaro que a sus "compañeros"- en este bar no quiero ni peleas ni jaleos

-¡Eso, mira! Jaleo ¿Sabes cómo se escribe? J-A-L-E-O

-¡Ja! ¡Buena esa!- los dos borrachos chocaron las cinco

-¡Eh, mira, está bebiendo cerveza!

-Imagino que no sabrá qué es la cerveza. Mira, es como el agua pero mejor

Entonces el bárbaro terminó de beber cerveza, y golpeó la barra con la jarra vacía. Solo el golpe había sacudido con tanta fuerza el bar, que por un momento Mostacho habría jurado que un relámpago había entrado por la casa. Los borrachos, asustados, se callaron súbitamente.

A continuación, el bárbaro miró hacia el acosador que tenía a la derecha, y lo atravesó metafóricamente con sus ojos fríos y despiadados. La víctima se cayó de su silla, se meó encima, y salió corriendo por la puerta hacia la tempestad. Apenas instantes después, el bárbaro giró la cabeza hacia la izquierda, y el mismo episodio se repitió. A su vez, los mozos también huyeron de sus puestos, así que Mostacho y el extranjero se quedaron solos en la barra.

-Vaya, muchas gracias- dijo Mostacho- Ese par de forasteros estaba empezando a molestarme. Iba a sacar el garrote en...

-Ponme más- interrumpió el bárbaro, señalando la jarra

-Oh, sí, por supuesto- Mostacho cogió la jarra y se fue hacia el barril de cerveza más cercano- Por cierto, ¿Puedo preguntar quién eres?

-No- a pesar de la negativa, Mostacho no flaqueó:

-He oído historias... leyendas... de un gañapié de las tierras del norte que es muy famoso por la ciudad...- le dió la jarra, llena hasta arriba de cerveza

-No soy gañapié- respondió el forastero- Soy un cyreano

A modo de terminar la discusión, el cyreano acometió contra la jarra como un sediento en el desierto contra una fuente de agua. Mostacho enarcó la ceja, cogió un pañuelo, y se puso a lavar la barra. Mientras tanto siguió intentando conversar.

-Entonces ¿Es cierto lo que se cuenta por ahí

-Depende de lo que se cuente por ahí

-Las historias dicen que este hombre atravesó una ciudad en pleno desierto... que derrotó a un dragón con triángulos en la espalda... y que has recorrido medio mundo...

El cyroeno terminó de nuevo la jarra. Por un largo momento observó el final del recipiente como quien busca la sabiduría en las hojas del té. Y luego se volvió para mirar de nuevo a Mostacho, que tenía una sonrisa de oreja a oreja debajo del bigote.

-Si quieres que te cuente mi vida- respondió lentamente el bárbaro- tendrás que invitarme a varias rondas

Y así empezó el extraño a relatar algunas (de las muchas) aventuras que había vivido a lo largo de su vida. Eran aventuras que tenían que ver con lugares exóticos, en las que salían bestias que escapaban a la imaginación, con mujeres hermosas, y mucha violencia y matanza.

-... y cuando le dí un espadazo a ese gorila presumido- el cyreano hizo una pequeña pausa para darle un sorbo a su jarra- me dirigía de vuelta a mi balsa, ya que quería volver a mi Cyrea natal. Pero cuando ya estaba a medio camino del puerto Ciberes, entonces apareció un puto calamar gigante con tentáculos que...

Mostacho escuchaba atentamente las historias, llenando religiosamente la jarra cuando procedía, e incluso se animó de vez en cuando a acompañar al cyreano en algún brindis por alguien que había muerto hace mucho tiempo.

-... y por eso donde antes estaba la ciudad ahora solo hay un cráter- El bárbaro soltó la jarra y suspiró fuertemente. Por un momento, Mostacho casi pudo ver a un hombre abatido, cansado, que apenas podía sostener el peso de todas las cosas terribles que había hecho en el pasado. Pero no debió ser más que un espejismo, pues el cyreano se incorporó de nuevo en apenas unos instantes.

-Más- alzó la jarra, exigiendo más líquido en su respectivo recipiente. Mostacho volvió a cumplir el ritual, y tiró un barril vacío a un lado. Pensó que a este paso la taberna iba a quedarse sin una sola gota de alcohol

-Un brindis

-¿Un brindis por quién?

En respuesta, el cyreano echó una mirada nostálgica hacia el horizonte, como quien ha perdido algo por el camino, y mira atrás sabiendo que nunca podrá recuperarlo. Mostacho miró en la misma dirección, miró de nuevo al bárbaro, se rascó la cabeza, y se encogió de hombros. Cogió el mismo su propia jarra y gritó:

-¡Por la familia!

-Bien dicho- respondió solemnemente

-¿Estás cansado? Tenemos toda la posada llena de cuartos libres

-No necesito descansar. Solo beber más

-Como veas- Mostacho volvió a encogerse de hombros

El bárbaro siguió bebiendo en absoluto silencio. Mostacho siguió a lo suyo, pero llegado el momento no pudo aguantarse y volvió a hablar:

-Y dime ¿No has pensado alguna vez en intentar cambiar? Ser diferente, probar algo nuevo... dejar de matar gente por un tiempo, tú ya me entiendes

El bárbaro golpeó la barra con la jarra:

-¡Nunca! ¡Yo soy un hombre de verdad! Saquear, matar, violar a mis enemigos ¡Todo eso es lo que debe hacer un hombre! 

-Así que entonces tus padres estarían muy orgullosos de ti- respondió mordazmente Mostacho

-Yo...-por una vez el forastero pareció dubitativo- No me importa lo que quisieran mis padres. Algún día los desenterraré y mearé sobre sus calaveras, y, y...

-Ven, hombre, ven

Mostacho le dio un abrazo al cyreano. Este, pillado por sorpresa, puso una cara de sorpresa. Apenas habían pasado unos segundos cuando unas lágrimas empezaron a salir por sus cuencas orbitales. Otros sendos segundos después el bárbaro había empezado a llorar.

-No dejes que los demás te digan cuando no debes llorar

Y ese, ese y solo ese, fue el mayor acto de valentía que hizo a lo largo de su vida el gran Kromman el Bárbaro

miércoles, 27 de marzo de 2019

Diario de una inquisidora: Día 1

Querido diario

Esta es mi primera entrada de la que espero que sea una larga lista de sucesos a lo largo de mi día. Yo, Isabella de los Montes, he sido nombrada el día 776 del gobierno de nuestro amado Emperador como Primera Inquisidora a la edad de 23 años. He de mencionar que este último dato es todo un récord dentro de la orden, pues a un inquisidor le suele costar años llegar hasta la Primera Orden.

En recompensa por mis méritos, me han dejado elegir a un esclavo que me acompañará, escoltará y realizará el trabajo sucio por mí. He escogido a Sin Lengua, que está escribiendo ahora mismo las páginas de este libro bajo mis más estrictas órdenes. A continuación le he ordenado que haga un retrato de mi persona:

(A continuación esta la imagen de una mujer joven. Lleva una larga gabardina blanca, descompuesta a un lado para enseñar que en la espalda tiene pintada el símbolo imperial de una corona roja de cuatro puntas. Tiene pantalones blancos de cuero, con unas botas del mismo color adornadas en las lengüetas con la escultura de una calavera rodeada por un círculo. En el pantalón lleva dos cinturones, los dos con una hebilla metálica con el símbolo de la corona. En uno de los cinturones hay una cartuchera para albergar una pistola de pólvora con dos cañones. En el segundo cinturón, en el lado contrario, un bastón pequeño con el sello imperial. En el pecho lleva un corsé de color blanco con encajes en forma de punta, y botones de oro. La gabardina parece más una capa, salvo porque también se extiende por los hombros y brazos. En los brazos, para adornar las mangas hay un par de trabillas en cada una con botones negros. En los hombros lleva una hombrera blanca con bordes dorados sobre otra hombrera similar, o sea, cuatro hombreras en total con un par de sellos imperiales en el frente. El cuello, largo, llega casi hasta los lóbulos de las orejas, o al menos así es con una dobladez. En el propio cuello lleva una pequeña bufanda negra. Isabella tiene la piel blanquecina, y una larga mata de pelo negro escondida gracias a un sombrero blanco de punta con una cinta roja)

Como el dibujo me ha parecido satisfactorio, esta noche dejaré que Sin Lengua duerma un par de horas antes de sumergirlo en la piscina de las pirañas. Creo que no voy a deshacerme del sombrero que me dieron en la Segunda Orden. Hasta ahora me ha dado bastante suerte, y si bien no creo en estas supersticiones, no sé si al Emperador le gustaría que me deshiciese de él.

De todas maneras, estoy desviándome del tema. Que el Emperador me acoja en su gloria, he aceptado este puesto para cambiar la Inquisición Imperial de arriba a abajo. Ese concilio de viejos decrépitos que ordena a los nuevos inquisidores ha perdido todo contacto con la realidad, y no sabe ya cómo funciona la mente del pueblo. Pero mi intención es ascender dentro de la Primera Orden y guiarles en nombre del Emperador.

Para empezar, hay que cambiar las leyes y hacerlas más estrictas. Por ejemplo, una ley actual condena todas las relaciones homosexuales a partir de los 25 años ¡Es una vergüenza! Hay que prohibirlas desde el nacimiento.  Prohibir cualquier cosa que se desvíe la relación natural entre un hombre y una mujer aprobada por el mismísimo Emperador. Prohibir por supuesto que ideas relacionadas con la homosexualidad sean enseñadas por profesores y escuelas, pues todo esto desvía a los jóvenes e inocentes infantes de la mirada del Emperador.

Es obvio que la época de la vieja guardia ha pasado. Durante años la Inquisición ha intentado vender una imagen exterior de ser una especie de alguaciles morales que de vez en cuando dan una paliza, y que solo ejecutan herejes en los casos mas extremos. Esto, y solo esto, ha provocado que el Imperio se haya sumido en una grave crisis económica, social y moral. Afortunadamente, ahora tengo el poder para cambiar estas cosas

Hay que volver a los antiguos métodos. A la tortura de los herejes, a la vigilancia constante, y a más ejecuciones públicas para dar ejemplo a la población de los más decentes ciudadanos. No hace falta envolverlo todo con una fachada amable porque por cada persona que proteste contra mis nuevas medidas, aparecerán otras tres que intentarán sacar el beneficio de mis acciones, y negarán con las excusas más absurdas el más aberrante de mis actos. Incluso si este diario llegase a parar en manos de los herejes, lo único que tendría que hacer sería negar el contenido de todo lo que hay escrito aquí, y ya tendría una legión de idiotas defendiéndome a ultranza

Hoy mismo he empezado dando ejemplo con los tres prisioneros de alto nivel que hay en los calabozos de la torre. Los tres eran herejes de primera categoría, o sea, herejes que habían osado alzar la mano contra un inquisidor (Esta es otra ley que pienso cambiar: el delito más grave es citar el nombre del Emperador en vano) Y ahí procedí a usar mi método

Algunos de mis "colegas" de profesión creen que la tortura física no sirve para nada, y que hay que probar a hacer un juego psicológico para convencer a los herejes de que lo mejor es decir la verdad. Estos inquisidores me parecen unos inútiles de primera sin duda indignos de servir bajo la mano del Emperador. Yo con la experiencia he aprendido que no hay ningún secreto que se resista a una buena sesión con un potro de tortura.

Así que con los prisioneros he probado tres métodos: A uno lo he encerrado en un sarcófago lleno de clavos oxidados. Si mal no me parece ha sobrevivido, pero el hambre lo está forzando a intentar morder los clavos que le rodean. Lo mejor es que no sabe que he aplicado a estos mismos clavos una sustancia pegajosa mágica, así que cuando intenté separar la boca de los clavos, se dará cuenta de que su mandíbula ya no tiene ningún diente. Oh, casi puedo imaginarme el momento. Espero no perdérmelo

A la segunda prisionera la he puesto en la tabla de presión. Así, cada media hora un verdugo hace descender una prensa enorme, que aplasta a la prisionera todo lo posible. Anteriores sesiones similares me han hecho memorizar cual es el punto máximo de presión que puede soportar un ser humano, durante cuanto tiempo puede soportar una presión de esta magnitud, y cuanto tiempo se puede dejar descansar a la hereje sin que muera inmediatamente en el proceso. Todos estos pasos los tengo minuciosamente calculados, y el verdugo tiene bien aprendidas ya las mediciones apropiadas.

Al tercero lo dejé maniatado para que viese con detalle cómo torturaba a sus compañeros uno a uno. De hecho, más bien sería apropiado decir que lo obligué a mirar las penurias de sus compañeros clavando sus pestañas a sus cejas. Luego le quité los  clavos y lo llevé a mi sala de comer, que está situada justo en el epicentro exacto de la torre para escuchar los gritos de los herejes. Era una comida copiosa, con filetes de pollo, pan, y un par de copas de vino.

Yo fui comiendo por mi cuenta, mientras esperaba a que mi prisionero se pusiese nervioso. Ya estaba a punto de pedir el postre cuando se derrumbó y me suplicó, confesando todos sus crímenes y los de sus compañeros, y la localización de sus compañeros herejes aún en libertad, pidiendo a cambio el perdón. Ordené a Sin Lengua que anotase toda la confesión, para enviarla a las autoridades permanentes junto a una orden inquisitorial que firmé ahí mismo, mientras el prisionero seguía arrastrándose por el suelo patéticamente, llorando.

Aquí otros inquisidores suelen decir que hay que tener cuidado con las confesiones, pues a veces el que confiesa intenta engañar al confesor. Yo he aprendido a reconocer la diferencia entre uno y otro, pero de todas maneras nadie ha intentado nunca engañarme. El caso de hoy no fue desde luego una excepción.

Una vez terminados los preparativos, sonreí. Me lavé con un pañuelo los restos de comida que se me habían pegado a la boca, y me levanté. Miré a mi prisionero. Este se intentaba agarrar a mis botas desesperadamente. Cabe decir que estaba disfrutando ampliamente el momento, por supuesto. Siempre me gusta cuando llega el momento, y me alegra comprobar que pertenecer a la Primer Orden no ha hecho más que aumentar mi autoridad.

Me cerní sobre el prisionero, agarrándole del pescuezo con la mano izquierda, y lo arrojé de nuevo sobre el suelo. No iba a permitir que un hereje inmundo me ensuciase unas botas blancas perfectas. Saqué de su funda mi pistola, y apunté con ella al prisionero. Este empezó a rezar en una lengua desconocida, y casi pude percibir como soltaba lágrimas de alivio. Así que disparé directamente al hombro derecho

El hereje casi parecía sorprendido cuando se dio cuenta de que seguía vivo y observó con sorpresa el gurruño en el que se había convertido su brazo derecho. Intenté contener una carcajada, el Emperador sabe que lo intenté, pero no pude evitar reírme un poco. Era una escena tan cómica y patética...

Lo malo es que el impacto manchó con un poco de sangre mi gabardina. Al hereje lo mandé de vuelta a los potros de tortura. El problema que siempre hemos tenido los inquisidores es que, al tener que ir vestidos de blanco, cualquier mancha de sangre se hace de notar en el uniforme. Creo que algunos inquisidores se enorgullecen de ello, pero la ley del Emperador es muy clara al respecto, asi que mandaré a lavar la gabardina e iré buscando repuestos para llenar el armario. De todas maneras, para la torre podría ir pensando en vestir como en mis primeros días dentro de la Inquisición, o sea, con unas ropas más modestas, simples, y oscuras donde no se pudiese notar el rastro de la sangre



Considero que es muy importante mantener las manos limpias


martes, 26 de marzo de 2019

La paz

Erase una vez dos reinos en guerra. Ambos reinos estaban completamente igualados en efectivos, aliados, y recursos, así que la guerra, lejos de terminar en un par de años, se alargó durante muchos años, años que se convirtieron en décadas, y antes de que nadie se diera cuenta, en siglos. La guerra continuó mucho tiempo, al punto de que las poblaciones de ambos reinos empezaban a sufrir vastamente.

Era esto tan grave que un día los reyes de los dos reinos llegaron a un pacto: solo harían una batalla anual. Sería una batalla sin cuartel, pero en un lugar determinado de antemano, con unos efectivos exactamente igualados, y con una recompensa monetaria para todos los participantes.

Los años siguieron pasando, y al final, nadie en ninguno de los dos bandos pudo recordar ya cuál fue el motivo original para entrar en guerra, pero las batallas anuales siguieron celebrándose. Pero no lo hicieron eternamente

Un día una niña llamada Algodón se sentó a rezar al lado de su cama. La niña vivía en la más absoluta miseria, pues sus padres habían muerto durante la guerra, y ella había tenido que irse a vivir con su abuelo, que a su vez perdía todo su sueldo en pagar impuestos militares. Pero la niña no había perdido la esperanza Tenía una idea, y como no podía comunicársela a un adulto, se arrodilló para pedírsela a los dioses, o a quien pudiese atender su petición, fuese quien fuese.

"Quiero que llegue la paz"

No fue desde luego la primera vez que alguien pedía el fin del conflicto. Pero digamos que aquella fue la gota que colmó el vaso.

Al día siguiente, al anochecer, una mujer misteriosa se presentó en uno de los castillos del rey. Llevaba una falda negra con encajes blancos, y un chaleco negro con ribetes rojos y un corpiño blanco ricamente detallado.Sus uñas estaban pintadas de negro, y sus labios tenían un característico carmín carmesí Su pelo era blanco, y su piel pálida, pero estos detalles reforzaban la belleza de la señora, y lo más importante de todo, reforzaban cierta aura de terror y respeto que rodeaban a la desconocida con cada paso de tacón que daba.

El rey quiso saber inmediatamente sobre la desconocida. Fue acompañada por los guardias, pero en ningún momento hombre o mujer alguna se atrevió a dirigirse o ordenar algo a semejante señora. Ella por su propia voluntad atravesó el castillo hasta llegar a la sala del trono, rodeada por media docena de guardias asustados.

La señora caminó hacia el propio trono, donde el rey estaba empezando a asustarse. Cuando estaba a cinco pasos del trono, el rey arañó los pomos dorados, y quiso gritar, más ningún sonido salió de su boca. Cuando la desconocida se hallaba a menos de medio paso, se detuvo, y de inmediato el rey se derrumbó de su silla y cayó hacia el suelo, agotado y asustado, sudando como un cerdo.

La mujer miró altivamente al monarca. Sacó una carta con un sello rojo ricamente detallado, y la dejó a los pies del rey. Después de esto, se dió la vuelta, y se fue por donde vino. Cuando atravesó la puerta de entrada del castillo, y los guardas quisieron seguirla, se encontraron con que la mujer había desaparecido completamente

Una hora después llegó un mensaje de los espías en el reino enemigo, informado que el rey vecino había recibido casi al mismo tiempo una visita parecida. Ambos reyes, intrigados, dejaron que un escudero abriese las cartas, y ahí se encontraron un mensaje de lo más sugerente:

"Invito al rey a encontrarse conmigo mañana en el lugar exacto donde va a celebrarse la batalla ritual de este año, cuando el sol se haya ocultado en el oeste y la luna se asome al firmamento. No aceptaré la presencia de ningún otro hombre o mujer"

Los reyes se mesaron cada uno sus respectivas barbas, picados por la más malsana de las curiosidades. La batalla ritual iba a celebrarse dentro de dos días, así que ya se estaban gestando los preparativos en los ejércitos de cada lado. Pero si iban a encontrarse en la víspera de la batalla, los reyes seguramente podrían permitirse hacer una visita para conocer las intenciones de la mística persona.

El encuentro sucedió tal y como estaba previsto. Cada rey acudió a su lado de la batalla acompañado de un numeroso cortejo de bufones, damas, y guardaespaldas de ambos sexos. Los soldados de los ejércitos no pudieron evitar despertarse y ver semejante espectáculo, y creyendo que los reyes venían a participar en la batalla, alabaron cada paso que daban los caballos mientras arrastraban los pesados carruajes reales.

Cuando llegó el sol empezaba ya a esconderse en el horizonte, cada rey descendió de su respectivo carruaje, y fueron caminando hacia lo más alto de la colina central, donde dentro de unas horas se produciría lo peor de la batalla.

Lejos de miradas curiosas, los dos reyes se encontraron, y se dieron un sendo abrazo, pues se conocían de toda la vida y eran los mejores amigos que podían existir. Pero, se rascaron las cabezas, porque la desconocida no había acudido. Cuando pasaron los minutos sin que la desconocida pareciese, los reyes empezaron a plantearse la retirada, pero aguantaron un poco más, mordidos por la curiosidad ante el primer evento único en muchos años de sopor y aburrimiento.

Llegado el momento, la señora apareció, justo detrás de sus espaldas, dando a los dos reyes un susto de muerte. Se volvieron asustados para ver a la inquietante figura, que había acudido vestida con un largo vestido blanco de boda que resplandecía con la luz de la luna. El resplandor era tan brillante y cegador que uno de los reyes no pudo evitar ponerse la mano delante de los ojos para evitar quedarse ciego.

Entonces la señora habló con una voz suave pero autoritaria que acobardó de inmediato a los dos monarcas:

-Esta guerra ha durado demasiado tiempo. Vais a acabarla ahora mismo

Los reyes sacaron fuerzas para reírse. No pensaban ni por un solo momento detener una guerra que les daba tantas excusas para recaudar más impuestos que otros reinos todos los años, y encima sin que nadie pase quejarse en absoluto. Despreciaron a la señora en aquel mismo lugar

Ese fue el error que colmó el vaso

Y es que si todavía no os habéis dado cuenta, aquella dama extravagante no era solo una dama con excesivo gusto por la crema solar.


Era una vampira

Y de las poderosas

Los reyes lo desconocían, así que siguieron riendo mientras se iban de camino a sus reinos. Pero cuando apenas habían dado un par de pasos, un sonido empezó a retumbar por el valle. Sonaba como el crepitar de muchas ramas golpeadas por el viento, y lejos de atenuarse en una noche despejada como aquella, fue en aumento hasta que los propios soldados en sus campamentos pudieron encogerse de miedo.

Los reyes se volvieron para ver que, efectivamente, era la vampira la que está profiriendo ese ruido, y es que se estaba riendo. Y eso no era todo, ya que unas llamas verdes estaban empezando a proceder de su piel blanquecina, rodeándola de un aura verde más luminosa que la propia luna.

Los soldados intentaron llegar al claro, pero se encontraron conque estaban rodeados por un ejército de sombras. Cuando una de las capitanas más tenaces se atrevió a encender una antorcha, los hombres y mujeres ahí presentes pudieron ver bajo la tímida luz artificial el semblante de un esqueleto que caminaba pro si solo, ataviado con una armadura oxidada tiempo ha. A su alrededor había más cadáveres en descomposición que bajo algún hechizo estaban caminando por su propio pie, armados con lo que un guardia pudo identificar como armamento procedente de generaciones de batallas anteriores.

Cuando los ejércitos intentaron retirarse, todas las antorchas se apagaron súbitamente


Al día siguiente una gran nube negra apareció en territorio neutral. Llegaron relatos sobre una gran masacre que había acontecido la noche anterior. Los príncipes no sabían muy bien que hacer

Entonces apareció en el castillo real de cada miembro una figura en la sala del trono. Eran los reyes, convertidos ahora en cadáveres animados, llenos de lombrices y despidiendo un olor terrible. Ordenaron con voces que no parecían proceder de sus gargantas que se construyes un nuevo castillo allá donde había aparecido la nube negra. Era, según dijeron, la única condición para parar aquella guerra. La alternativa, una nueva guerra contra aquello que había masacrado a sus ejércitos en menos de una noche

Los aldeanos, nobles y príncipes, amenazados por el miedo, no se atrevieron a llevar la contraria a sus antiguos reyes. Abandonaron en masa las aldeas y castillos para construir en tiempo récord el castillo pedido. Mientras, los cadáveres de los reyes permanecieron para siempre en sus tronos dentro de castillos que el tiempo rápidamente olvidaría

En menos de una estación el castillo fue terminado, mientras la nube permanecía en el cielo sin que viento alguno pareciese capaz de moverla. Cuando llegó el día de la inauguración, entonces la vampira se presentó.

Iba vestida con una armadura grande y pesada, con un casco en forma de calavera. A su alrededor marchaba un ejército gigantesco compuesto por todos los muertos que habían perecido a lo largo de siglos de guerra, ahora poseídos de una energía mágica que les hacía caminar pesadamente hacia el castillo, acompañando a su tétrica señora

Los esqueletos y zombies se colocaron por todo el castillo, formando un cortejo cadavérico. Una vez en la sala del trono, la vampira se quitó el casco para enseñar a todos sus visitantes la sonrisa de oreja a oreja que le dedicaría un lobo a sus ovejas.

Ahí declaró que de ahora en adelante los dos reinos se convertirían en uno. Prometió gestionar ella misma las cosechas, y que nadie nunca jamás tendría que pagar impuestos a la Corona, con lo que abolida la nobleza. Prometió que nadie jamás te dria que volver a morir víctima de la violencia, una promesa que podía mantener gracias al vasto ejército no muerto que vigilaría a partir de ahora las fronteras. A cambio de todos estos servicios lo único que pedía era el tributo de una persona al mes para poder alimentarse. De las doce personas que sería  seleccionadas a lo largo del año, además una tendría el lujo de poder convertirse en un vampiro o vampiresa neonata para firmar una nueva nobleza de vampiros. Prometió que mientras ella no-viviese todas las personas del reino serían protegidas frente a cualquier amenaza, costase lo que costase.

Se proclamó el comienzo del reinado de la Reina Blanca

Al principio copio hubo cierta oposición. Los nobles sobre todo no aceptaron sus nuevos cargos, y se intentaron rebelar contra su nueva señora. Sin embargo, con el paso de los años las rebeliones fueron aplicadas sin que hicieran falta ni ejecuciones ni aprisionamientos.

Todos los que morían debido a la edad (pues nadie en el reino llegó a pasar nunca hambre o sed)eran reclutados dentro del ejército de no muertos, y al mismo tiempo la población fue siendo habitada por vampiros y vampiras que formaron una aristocracia diferente, pero desde luego más vehemente que la anterior, y siempre supeditada a las órdenes de la Reina Blanca. El tributo mensual paso a considerarse un honor y pasar a formar parte de la aristocracia vampírica, una competición de lealtad.

Con el paso del tiempo cada vez iba quedando menos población de seres humanos vivos, y se fue normalizando la presencia de no muertos en las aldeas. Cuando habían pasado cincuenta años desde la toma de poder de la Reina Blanca los aldeanos dejaron de encontrar muchas diferencias entre estar vivo o muerto

Cuando pasó un siglo, el reino había alcanzado una era de prosperidad insospechada. Ya solo quedaba un solo ser vivo en toda la ciudad, que no era más que Algodón, que ahora apenas podía caminar por su propio pie

Un día la Reina Blanca ordenó a un séquito de esqueletos andantes que llevase a la anciana ante su presencia

La anciana al ver a su reina usó todas sus fuerzas para arrodillarse, pero debido al esfuerzo las pocas fuerzas que le quedaban se le empezaron a ir del cuerpo. La Reina Blanca sonrió y dijo:

-Querías la paz. Pues ya la tienes. La paz de los muertos

Nada más oír aquellas últimas palabras la anciana falleció en aquel mismo lugar, dando comienzo oficialmente a un reinado de los muertos lleno de prosperidad y silencio

Los dos dragones


Erase un vez un valle rico donde había un pueblo de campesinos. Vivían sus días sin que fuesen apacibles ni desagradables, pagando regularmente sus impuestos a los representantes del Imperio, y quejándose de que los pastores se estaban acercando cada vez más cada año, todos los años y todos los días.

Esta paz se vio alterada el día que al pueblo llegó Mazo, un pastor que solía pasar por el valle cuando llegaban las estaciones más calurosas. Solo que esta vez Mazo no traía ninguna oveja o perro con él. Tenía las ropas cubiertas de sudor, despedía olor a miedo, y sus ojos se salían de las cuencas de sus órbitas. Mazo miraba una y otra vez hacia el cielo, temblaba, se tropezaba cada dos por tres mientras iba hacia el ayuntamiento. Cuando Raíz, un mozo que acaba de cumplir las dieciocho primaveras, detuvo a Mazo, lo único que pudo sacarle en claro fue una palabra

“Dragones”

No tardó en esparcirse la palabra pro todo el pueblo, y con ella llegó el terror a una muerte cercana. Aunque la alcaldesa intentó tomar medidas poniendo milicias ciudadanas en las carreteras, no tardó en desatarse l locura, con decenas de carromatos huyendo en todas direcciones, provocando un grave atasco en la carretera principal, y diversos accidentes mortales.

La alcaldesa, superada por la situación, no tardó en enviar mensajeros a la capital imperial más cercana. Calculaba que a lo sumo tardarían 3 días en tener una patrulla imperial imponiendo el orden en el lugar.

Poco después, en la víspera del mismo día, llegaron al pueblo más noticias de pastores y agricultores asustados. Habían tenido avistamientos de dragones en los extremos meridionales del valle. Costó mucho sonsacar a los lugareños asustados algo de información, pero cuando llegó la noche la alcaldesa pudo por fin hacerse a una idea de la situación en la que estaban, que no tardó en comunicar a los alguaciles: dos dragones habían llegado al valle, uno en cada extremo meridional. No parecía que de momento nadie hubiese muerto (salvo algunas heridas superficiales en peligrosos accidente durante la primera hora de locura en el pueblo) Los dragones, ambos machos, parecían más interesados en alimentarse

La solución fue, efectivamente, evacuar el pueblo, pero organizadamente. Al día siguiente la evacuación estaba perfectamente supervisada y organizada por los alguaciles locales, mientras los más agoreros seguían mirando con desconfianza el cielo.

Cuando el sol del segundo día ya se estaba escondiendo por el oeste, vino un extranjero a la comotiva, acompañado por varios guardaespaldas armados con arpones de diuterio recién afilado. El extranjero, un hombre con pelo en el pecho y una larga barba, fue directo a hablar con la alcaldesa. En un comité improvisado el hombre proclamó que sabía la razón por la que los dragones estaban atormentando el valle

Resulta que en uno de sus viajes más recientes a Dragonaria el hombre, con un equipo de mercenarios más amplio que el que tenía actualmente, se las apañó para atrapar en una trampa a un dragón de la especie de los escamafilada, que en este caso era un ejemplar de 10 metros de ancho de color rojo y con cuernos en la cresta. El viaje de vuelta sucedió sin muchos problemas, con el dragón enjaulado y atado para que no pudiese escapar. Al legar a tierra, atravesó circunstancialmente unas montañas cercanas al valle, siguiendo el camino imperial que llevaba hasta la capital Ordreng.

Todo marchaba como la seda hasta que un día un rugido de dragón llegó hasta el grupo. Al principio ignoraron el ruido, considerando imposible que un dragón hubiese atravesado el mar Trastorco hasta el territorio del Imperio. Pero en cuanto el rugido se repitió dos, tres, cuatro veces más, el dragón que tenían atrapado reunió fuerzas insospechadas para romper sus ataduras, y huir hacia el valle, de dónde venía el rugido

Los propios tramperos pudieron deducir que el otro dragón era un macho de la misma especie (ya que al fin y al cabo eran expertos en cazar dragones e identificarlos por su olor, huellas, y rugido) Sabiendo que los dragones eran criaturas muy territoriales, el extranjero le dijo a la alcaldesa que muy probablemente el otro dragón debía de tratarse de un enemigo mortal y feroz. Al parecer, según el extranjero los escamafilada necesitan traer la cabeza muerta de otros machos como ritual de apareamiento con las dragonas hembras, ritual que podía suceder en el caso contrario.

Los cazadores calculaban que al mediodía del siguiente día los dos dragones se encontrarían en el pueblo, y lo destrozarían inmediatamente en una pelea territorial para demostrar su virilidad. Esto causó mucha desazón entre los habitantes del mismo, pues muchas de sus pertenencias, animales, e incluso familiares se habían quedado en el asentamiento, y se perderían en medio de una lluvia cataclísmica de fuego y garras

Para solucionar el problema el extranjero ofrecido su ayuda a cambio de todos los bienes que iban a ir destinados al impuesto anual imperial. Una vez pagado, el extranjero ordenó a los cazadores que se pasasen toda la noche construyendo un arma secreta hecha para estas ocasiones

Al amanecer del día fatídico, los aldeanos pudieron observar con detalle el mecanismo: era una balista enorme, con cuerdas robustas y firmes, ruedas del tamaño de un hombre de estatura media, y un virote con la punta hecha de diuterio en estado puro, el metal más comúnmente utilizado para matar ejemplares del a raza de los dragones.

Los aldeanos quedaron impresionados por la muestra de fuerza, y por primera vez en tres días pudieron permitirse tener un poco de esperanza, asi que durante toda la mañana hubo una pequeña fiesta a los pies de la colina donde se situaría la mortal arma secreta.

El único que no acababa de estar muy convencido del plan era Raíz, el joven mozo que habló por primera vez con Mazorca sobre la primera aparición de un dragón en el valle. Raíz no tenía ni idea de cómo funcionaba la anatomía de los dragones, no tenía experiencia en liderar un grupo de gente, ni sabía ni mucho menos qué hacer con su propia vida, pero Raíz empezaba a tener sus propias sospechas sobre lo que estaba pasando ahí

No pudieron confirmarse hasta que no llegó el momento decisivo.

El sol se hallaba en lo más alto del cielo cuando un rugido de dragón provocó que la fiesta se detuviese de súbdito, ya que todos lso festejantes se quedaron mudos del terror. Al sonar otro rugido de dragón en la dirección contraria del valle hubo un breve estallido de pánico que provocó una mifgración instantánea de los aldeanos hasta el lado conrario de la colina. Junto a la balista ya solo quedaron la alcaldesa, un par de alguaciles, Ráiz, los cazadores de dragones, y el extranjero, que parecía bastante satisfecho

Antes de que fuese demasiado tarde, Ráiz fue a hablar con la alcaldesa, y le mencionó que sospechaba de las intenciones del extranjero. Esta no pudo hacer más que encogerse de hombros, ya que ella también sospechaba de él, y desde luego no había sido plato de buen gusto deshacerse de los impuestos imperiales, pero dijo que su mano estaba siendo forzada.

El extranjero sonrió cuando los dos dragones entraron en el claro

Tal y como había mencionado el relato, los dos eran dragones escamafilada de igual tamaño, uno rojo, y el otro azul, y los dos eran machos. El dragón rojo caminaba sobre sus cuatro patas, moviendo la cabeza de derecha a izquierda, rugiendo con todas sus fuerzas. El dragón azul, que había entrado también caminando, soltó un gran rugido.

En ese momento, Raíz se volvió enérgicamente hacia el extranjero, pidiendo que no disparasen. El extranjero desestimó despectivamente la petición. Al fin y al cabo, no tenía por qué no hacer caso omiso de un vulgar campesino. Ya tenía casi en el bolsillo el cadáver de un preciado dragón, y quien sabe si conseguiría recapturar a otro. En cuanto el dragón azul despegase, pensaba disparar la balista para matarlo

Raíz, viendo que al ser joven su palabra no iba a ser estimada, acometió violentamente contra los operarios del arma. Noqueó a uno con un buen puñetazo en la mandíbula, y empezó a pelearse mano a mano con otro. El extranjero, molesto por la intromisión, ordenó a un guardia que retuviese al mozo, ya que el dragón azul estaba alzando las alas y no sabía si tendrían un mejor momento para disparar

Entonces la alcaldesa, armada con un palo, intervino, rodeada por sus alguaciles.

-¡Podéis llevaros nuestro oro, pero nunca consentiré que le alcéis la mano a una sola pulga de mi pueblo!

Los guardias, desprevenidos, sufrieron una severa somanta de palos, mientras el extranjero gritaba y protestaba. Raíz, viendo que era su oportunidad, se zafó de su contrincante, y saltó sobre la balista. Una vez ahí, quitó el virote, y lo arrojó a un lado. El daño ya estaba hecho

-¡Imbécil!- se atrevió a gritar el extranjero- ¡Acabas de condenar a tu pueblo!

Raíz sonrió. El dragón azul ya había alzado el vuelo, y estaba sobrevolando el pueblo, como si estuviese buscando algo.

En el otro lado, el dragón rojo empezó a alzar tímidamente sus alas. Claramente le dolía mover siquiera sus miembros, y en cuanto intentó levantar el vuelo se pudo ver por qué: sus extremidades aéreas estaban atrofiadas, rotas, sangrientas, y las membranas de sus alas tenían múltiples agujeros.

Aun así, de alguna manera el dragón rojo consiguió alzar el vuelo.

Al principio lentamente, luego de manera más constante, el dragón rojo fue volando hacia el dragón azul por encima del centro del pueblo

El dragón azul y el dragón rojo intercambiaron miradas durante un momento eterno

Cada uno fue volando hacia el otro con aleteos enérgicos

Y una vez se encontraron, los dos dragones estiraron el cuello, y unieron sus cabezas en un gesto misterioso

El extranjero, que no podía dar crédito a lo que veían sus ojos, no pudo evitar preguntar:

-¿Cómo ha podido volar?

Raíz, con una cara sonriente se volvió hacia el hombre, y dijo:

-Muy fácil, señor. El amor te da alas

Los dos dragones se fueron volando hacia el horizonte, formando la silueta de un corazón antes de desaparecer de la vista de todos los presentes