Querido diario
Esta es mi primera entrada de la que espero que sea una larga lista de sucesos a lo largo de mi día. Yo, Isabella de los Montes, he sido nombrada el día 776 del gobierno de nuestro amado Emperador como Primera Inquisidora a la edad de 23 años. He de mencionar que este último dato es todo un récord dentro de la orden, pues a un inquisidor le suele costar años llegar hasta la Primera Orden.
En recompensa por mis méritos, me han dejado elegir a un esclavo que me acompañará, escoltará y realizará el trabajo sucio por mí. He escogido a Sin Lengua, que está escribiendo ahora mismo las páginas de este libro bajo mis más estrictas órdenes. A continuación le he ordenado que haga un retrato de mi persona:
(A continuación esta la imagen de una mujer joven. Lleva una larga gabardina blanca, descompuesta a un lado para enseñar que en la espalda tiene pintada el símbolo imperial de una corona roja de cuatro puntas. Tiene pantalones blancos de cuero, con unas botas del mismo color adornadas en las lengüetas con la escultura de una calavera rodeada por un círculo. En el pantalón lleva dos cinturones, los dos con una hebilla metálica con el símbolo de la corona. En uno de los cinturones hay una cartuchera para albergar una pistola de pólvora con dos cañones. En el segundo cinturón, en el lado contrario, un bastón pequeño con el sello imperial. En el pecho lleva un corsé de color blanco con encajes en forma de punta, y botones de oro. La gabardina parece más una capa, salvo porque también se extiende por los hombros y brazos. En los brazos, para adornar las mangas hay un par de trabillas en cada una con botones negros. En los hombros lleva una hombrera blanca con bordes dorados sobre otra hombrera similar, o sea, cuatro hombreras en total con un par de sellos imperiales en el frente. El cuello, largo, llega casi hasta los lóbulos de las orejas, o al menos así es con una dobladez. En el propio cuello lleva una pequeña bufanda negra. Isabella tiene la piel blanquecina, y una larga mata de pelo negro escondida gracias a un sombrero blanco de punta con una cinta roja)
Como el dibujo me ha parecido satisfactorio, esta noche dejaré que Sin Lengua duerma un par de horas antes de sumergirlo en la piscina de las pirañas. Creo que no voy a deshacerme del sombrero que me dieron en la Segunda Orden. Hasta ahora me ha dado bastante suerte, y si bien no creo en estas supersticiones, no sé si al Emperador le gustaría que me deshiciese de él.
De todas maneras, estoy desviándome del tema. Que el Emperador me acoja en su gloria, he aceptado este puesto para cambiar la Inquisición Imperial de arriba a abajo. Ese concilio de viejos decrépitos que ordena a los nuevos inquisidores ha perdido todo contacto con la realidad, y no sabe ya cómo funciona la mente del pueblo. Pero mi intención es ascender dentro de la Primera Orden y guiarles en nombre del Emperador.
Para empezar, hay que cambiar las leyes y hacerlas más estrictas. Por ejemplo, una ley actual condena todas las relaciones homosexuales a partir de los 25 años ¡Es una vergüenza! Hay que prohibirlas desde el nacimiento. Prohibir cualquier cosa que se desvíe la relación natural entre un hombre y una mujer aprobada por el mismísimo Emperador. Prohibir por supuesto que ideas relacionadas con la homosexualidad sean enseñadas por profesores y escuelas, pues todo esto desvía a los jóvenes e inocentes infantes de la mirada del Emperador.
Es obvio que la época de la vieja guardia ha pasado. Durante años la Inquisición ha intentado vender una imagen exterior de ser una especie de alguaciles morales que de vez en cuando dan una paliza, y que solo ejecutan herejes en los casos mas extremos. Esto, y solo esto, ha provocado que el Imperio se haya sumido en una grave crisis económica, social y moral. Afortunadamente, ahora tengo el poder para cambiar estas cosas
Hay que volver a los antiguos métodos. A la tortura de los herejes, a la vigilancia constante, y a más ejecuciones públicas para dar ejemplo a la población de los más decentes ciudadanos. No hace falta envolverlo todo con una fachada amable porque por cada persona que proteste contra mis nuevas medidas, aparecerán otras tres que intentarán sacar el beneficio de mis acciones, y negarán con las excusas más absurdas el más aberrante de mis actos. Incluso si este diario llegase a parar en manos de los herejes, lo único que tendría que hacer sería negar el contenido de todo lo que hay escrito aquí, y ya tendría una legión de idiotas defendiéndome a ultranza
Hoy mismo he empezado dando ejemplo con los tres prisioneros de alto nivel que hay en los calabozos de la torre. Los tres eran herejes de primera categoría, o sea, herejes que habían osado alzar la mano contra un inquisidor (Esta es otra ley que pienso cambiar: el delito más grave es citar el nombre del Emperador en vano) Y ahí procedí a usar mi método
Algunos de mis "colegas" de profesión creen que la tortura física no sirve para nada, y que hay que probar a hacer un juego psicológico para convencer a los herejes de que lo mejor es decir la verdad. Estos inquisidores me parecen unos inútiles de primera sin duda indignos de servir bajo la mano del Emperador. Yo con la experiencia he aprendido que no hay ningún secreto que se resista a una buena sesión con un potro de tortura.
Así que con los prisioneros he probado tres métodos: A uno lo he encerrado en un sarcófago lleno de clavos oxidados. Si mal no me parece ha sobrevivido, pero el hambre lo está forzando a intentar morder los clavos que le rodean. Lo mejor es que no sabe que he aplicado a estos mismos clavos una sustancia pegajosa mágica, así que cuando intenté separar la boca de los clavos, se dará cuenta de que su mandíbula ya no tiene ningún diente. Oh, casi puedo imaginarme el momento. Espero no perdérmelo
A la segunda prisionera la he puesto en la tabla de presión. Así, cada media hora un verdugo hace descender una prensa enorme, que aplasta a la prisionera todo lo posible. Anteriores sesiones similares me han hecho memorizar cual es el punto máximo de presión que puede soportar un ser humano, durante cuanto tiempo puede soportar una presión de esta magnitud, y cuanto tiempo se puede dejar descansar a la hereje sin que muera inmediatamente en el proceso. Todos estos pasos los tengo minuciosamente calculados, y el verdugo tiene bien aprendidas ya las mediciones apropiadas.
Al tercero lo dejé maniatado para que viese con detalle cómo torturaba a sus compañeros uno a uno. De hecho, más bien sería apropiado decir que lo obligué a mirar las penurias de sus compañeros clavando sus pestañas a sus cejas. Luego le quité los clavos y lo llevé a mi sala de comer, que está situada justo en el epicentro exacto de la torre para escuchar los gritos de los herejes. Era una comida copiosa, con filetes de pollo, pan, y un par de copas de vino.
Yo fui comiendo por mi cuenta, mientras esperaba a que mi prisionero se pusiese nervioso. Ya estaba a punto de pedir el postre cuando se derrumbó y me suplicó, confesando todos sus crímenes y los de sus compañeros, y la localización de sus compañeros herejes aún en libertad, pidiendo a cambio el perdón. Ordené a Sin Lengua que anotase toda la confesión, para enviarla a las autoridades permanentes junto a una orden inquisitorial que firmé ahí mismo, mientras el prisionero seguía arrastrándose por el suelo patéticamente, llorando.
Aquí otros inquisidores suelen decir que hay que tener cuidado con las confesiones, pues a veces el que confiesa intenta engañar al confesor. Yo he aprendido a reconocer la diferencia entre uno y otro, pero de todas maneras nadie ha intentado nunca engañarme. El caso de hoy no fue desde luego una excepción.
Una vez terminados los preparativos, sonreí. Me lavé con un pañuelo los restos de comida que se me habían pegado a la boca, y me levanté. Miré a mi prisionero. Este se intentaba agarrar a mis botas desesperadamente. Cabe decir que estaba disfrutando ampliamente el momento, por supuesto. Siempre me gusta cuando llega el momento, y me alegra comprobar que pertenecer a la Primer Orden no ha hecho más que aumentar mi autoridad.
Me cerní sobre el prisionero, agarrándole del pescuezo con la mano izquierda, y lo arrojé de nuevo sobre el suelo. No iba a permitir que un hereje inmundo me ensuciase unas botas blancas perfectas. Saqué de su funda mi pistola, y apunté con ella al prisionero. Este empezó a rezar en una lengua desconocida, y casi pude percibir como soltaba lágrimas de alivio. Así que disparé directamente al hombro derecho
El hereje casi parecía sorprendido cuando se dio cuenta de que seguía vivo y observó con sorpresa el gurruño en el que se había convertido su brazo derecho. Intenté contener una carcajada, el Emperador sabe que lo intenté, pero no pude evitar reírme un poco. Era una escena tan cómica y patética...
Lo malo es que el impacto manchó con un poco de sangre mi gabardina. Al hereje lo mandé de vuelta a los potros de tortura. El problema que siempre hemos tenido los inquisidores es que, al tener que ir vestidos de blanco, cualquier mancha de sangre se hace de notar en el uniforme. Creo que algunos inquisidores se enorgullecen de ello, pero la ley del Emperador es muy clara al respecto, asi que mandaré a lavar la gabardina e iré buscando repuestos para llenar el armario. De todas maneras, para la torre podría ir pensando en vestir como en mis primeros días dentro de la Inquisición, o sea, con unas ropas más modestas, simples, y oscuras donde no se pudiese notar el rastro de la sangre
Considero que es muy importante mantener las manos limpias
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