viernes, 29 de marzo de 2019

La armadura del bárbaro

La posada Pies Bríos no era conocida precisamente por su falta de hospitalidad. El dueño, Mostacho, era conocido en los pueblos vecinos por su gran amabilidad. Su bigote negro y largo servía como atracción para los más pequeños, a lo que Mostacho respondía atándose el bigote de maneras estrafalarias. Los mozos que habían trabajado en algún momento de sus vidas en Pies Bríos habían salido satisfechos, bien pagados y soltando grandes alabanzas hacia el dueño del local. Hasta los bandidos de la zona respetaban la posada porque sabían que mientras Mostacho lo regentase, no cabría más ley en Pies Bríos que la de su dueño.

De todas maneras, no siempre se mantenía la paz en la posada. Un día una gran tormenta se desató en la zona, de esas con grandes relámpagos, lluvia impenetrable, y fondo azul. En la posada, más vacía de lo habitual, dos hombres jenezinos que claramente habían bebido una copa de más se enzarzaron en una pelea ruidosa. Mostacho ordenó a uno de sus mozos que calmase pacíficamente los ánimos, pero la respuesta del borracho más anciano fue la de golpear en la cara al joven. A continuación, el hombre rompió una botella de cristal en una mesa, y estaba a punto de arremeter contra el mozo con el cuello de botella roto cuando sonó un gran portazo.

Las puertas acababan de abrirse, y a través del hueco entró una gran corriente de aire que apagó las velas y antorchas de la posada. El borracho se dio la vuelta, y justo en ese momento, para reforzar el efecto dramático, un relámpago iluminó brevemente la estancia. Pudieron ver que acaba de entrar un hombre semi-desnudo fornido,de pelo negro, adusto, de casi dos metros de alto, vestido con un taparrabos. Sus músculos eran más grandes que los de cualquier leñador que jamás se hubiese visto, y llevaba una inquietante espada enfundada en un cinto, pero lo que hizo que por un momento los borrachos tragasen el aliento fueron los ojos del forastero. Eran unos ojos azules, gélidos, que habían visto mundo. Con una sola mirada el extranjero ostentaba un aura de poder mayor que la de cualquier rey o noble que hubiese existido jamás por aquellas tierras

Mostacho le ordenó a un mozo que cerrase las puertas mientras él volvía a encender las luces. El bárbaro hizo caso omiso de todo a su alrededor. Caminó hasta la barra, donde con un gesto dio a indicar que estaba pidiendo una jarra de cerveza. Los borrachos ya se habían recuperado del susto, empero como su orgullo estaba herido, fueron a sentarse a izquierda y derecha del bárbaro, probablemente inspirados por una mezcla igualada de estupidez y embriaguez. Mostacho le tendió una pinta de cerveza corleana al recién llegado.

-¿Y tú quien eres, eh? ¿Tal vez un esclavo del norte?

-¡No, no! ¡Yo sé quién es! ¡Es un don nadie!

Los dos borrachos se rieron sonoramente, pero el bárbaro no dio cuenta de haber escuchado nada, entretenido en beber la cerveza de Mostacho. Sus agresores dialécticos ya habían llegado demasiado lejos así que siguieron con el acoso verbal:

-Apuesto que no sabes lo que es la ropa

-No, no, ¡Apuesto a que no sabe ni deletrear!

-Oye- interrumpió Mostacho, dirigiéndose más al bárbaro que a sus "compañeros"- en este bar no quiero ni peleas ni jaleos

-¡Eso, mira! Jaleo ¿Sabes cómo se escribe? J-A-L-E-O

-¡Ja! ¡Buena esa!- los dos borrachos chocaron las cinco

-¡Eh, mira, está bebiendo cerveza!

-Imagino que no sabrá qué es la cerveza. Mira, es como el agua pero mejor

Entonces el bárbaro terminó de beber cerveza, y golpeó la barra con la jarra vacía. Solo el golpe había sacudido con tanta fuerza el bar, que por un momento Mostacho habría jurado que un relámpago había entrado por la casa. Los borrachos, asustados, se callaron súbitamente.

A continuación, el bárbaro miró hacia el acosador que tenía a la derecha, y lo atravesó metafóricamente con sus ojos fríos y despiadados. La víctima se cayó de su silla, se meó encima, y salió corriendo por la puerta hacia la tempestad. Apenas instantes después, el bárbaro giró la cabeza hacia la izquierda, y el mismo episodio se repitió. A su vez, los mozos también huyeron de sus puestos, así que Mostacho y el extranjero se quedaron solos en la barra.

-Vaya, muchas gracias- dijo Mostacho- Ese par de forasteros estaba empezando a molestarme. Iba a sacar el garrote en...

-Ponme más- interrumpió el bárbaro, señalando la jarra

-Oh, sí, por supuesto- Mostacho cogió la jarra y se fue hacia el barril de cerveza más cercano- Por cierto, ¿Puedo preguntar quién eres?

-No- a pesar de la negativa, Mostacho no flaqueó:

-He oído historias... leyendas... de un gañapié de las tierras del norte que es muy famoso por la ciudad...- le dió la jarra, llena hasta arriba de cerveza

-No soy gañapié- respondió el forastero- Soy un cyreano

A modo de terminar la discusión, el cyreano acometió contra la jarra como un sediento en el desierto contra una fuente de agua. Mostacho enarcó la ceja, cogió un pañuelo, y se puso a lavar la barra. Mientras tanto siguió intentando conversar.

-Entonces ¿Es cierto lo que se cuenta por ahí

-Depende de lo que se cuente por ahí

-Las historias dicen que este hombre atravesó una ciudad en pleno desierto... que derrotó a un dragón con triángulos en la espalda... y que has recorrido medio mundo...

El cyroeno terminó de nuevo la jarra. Por un largo momento observó el final del recipiente como quien busca la sabiduría en las hojas del té. Y luego se volvió para mirar de nuevo a Mostacho, que tenía una sonrisa de oreja a oreja debajo del bigote.

-Si quieres que te cuente mi vida- respondió lentamente el bárbaro- tendrás que invitarme a varias rondas

Y así empezó el extraño a relatar algunas (de las muchas) aventuras que había vivido a lo largo de su vida. Eran aventuras que tenían que ver con lugares exóticos, en las que salían bestias que escapaban a la imaginación, con mujeres hermosas, y mucha violencia y matanza.

-... y cuando le dí un espadazo a ese gorila presumido- el cyreano hizo una pequeña pausa para darle un sorbo a su jarra- me dirigía de vuelta a mi balsa, ya que quería volver a mi Cyrea natal. Pero cuando ya estaba a medio camino del puerto Ciberes, entonces apareció un puto calamar gigante con tentáculos que...

Mostacho escuchaba atentamente las historias, llenando religiosamente la jarra cuando procedía, e incluso se animó de vez en cuando a acompañar al cyreano en algún brindis por alguien que había muerto hace mucho tiempo.

-... y por eso donde antes estaba la ciudad ahora solo hay un cráter- El bárbaro soltó la jarra y suspiró fuertemente. Por un momento, Mostacho casi pudo ver a un hombre abatido, cansado, que apenas podía sostener el peso de todas las cosas terribles que había hecho en el pasado. Pero no debió ser más que un espejismo, pues el cyreano se incorporó de nuevo en apenas unos instantes.

-Más- alzó la jarra, exigiendo más líquido en su respectivo recipiente. Mostacho volvió a cumplir el ritual, y tiró un barril vacío a un lado. Pensó que a este paso la taberna iba a quedarse sin una sola gota de alcohol

-Un brindis

-¿Un brindis por quién?

En respuesta, el cyreano echó una mirada nostálgica hacia el horizonte, como quien ha perdido algo por el camino, y mira atrás sabiendo que nunca podrá recuperarlo. Mostacho miró en la misma dirección, miró de nuevo al bárbaro, se rascó la cabeza, y se encogió de hombros. Cogió el mismo su propia jarra y gritó:

-¡Por la familia!

-Bien dicho- respondió solemnemente

-¿Estás cansado? Tenemos toda la posada llena de cuartos libres

-No necesito descansar. Solo beber más

-Como veas- Mostacho volvió a encogerse de hombros

El bárbaro siguió bebiendo en absoluto silencio. Mostacho siguió a lo suyo, pero llegado el momento no pudo aguantarse y volvió a hablar:

-Y dime ¿No has pensado alguna vez en intentar cambiar? Ser diferente, probar algo nuevo... dejar de matar gente por un tiempo, tú ya me entiendes

El bárbaro golpeó la barra con la jarra:

-¡Nunca! ¡Yo soy un hombre de verdad! Saquear, matar, violar a mis enemigos ¡Todo eso es lo que debe hacer un hombre! 

-Así que entonces tus padres estarían muy orgullosos de ti- respondió mordazmente Mostacho

-Yo...-por una vez el forastero pareció dubitativo- No me importa lo que quisieran mis padres. Algún día los desenterraré y mearé sobre sus calaveras, y, y...

-Ven, hombre, ven

Mostacho le dio un abrazo al cyreano. Este, pillado por sorpresa, puso una cara de sorpresa. Apenas habían pasado unos segundos cuando unas lágrimas empezaron a salir por sus cuencas orbitales. Otros sendos segundos después el bárbaro había empezado a llorar.

-No dejes que los demás te digan cuando no debes llorar

Y ese, ese y solo ese, fue el mayor acto de valentía que hizo a lo largo de su vida el gran Kromman el Bárbaro

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