sábado, 30 de marzo de 2019

Infestación

-Ugh, qué asco. En el nombre del Emperador, ¿Qué cojones es esto?

El sargento imperial se hizo a un lado para vomitar sobre sus botas negras. Sus dos acompañantes, guardias imperiales con el uniforme blanco, se hicieron paso hacia el cadáver que acababa de mirar su superior, y pusieron caras que iban del asombro al asco.

-Puagh, joder

-Es... ¡Es una rata!

Efectivamente, el cadáver era de una rata enorme de por lo menos un metro y medio. Solo que al contrario que la población común de ratas de la ciudad, esta llevaba ropa. Unos harapos negros para cubrir su cuerpo, y al parecer había muerto debido a que se había suicidado clavándose una espada curva en el esternón, de manufactura desconocida.

-No es una rata normal y corriente- dijo el guardia mientras se tapaba la nariz con una mano y espantaba a las moscas que habían acudido a por el cadáver con la otra.

-Dejadme que mire el manual- respondió el comisario, que estaba buscando la excusa perfecta para no tener que mirar otra vez el cadáver- ¡Ajá! Aquí viene. Es un shu. Pero no sale como en el retrato...

-¿El qué?

-Parece que tenía una especie de enfermedad...

-¡Jefe!

-¿Qué, qué?

-Que qué es un ptu

-¿Ptu?- el comisario se rascó la cabeza

-El... la cosa esta- señaló el cadáver, y el sargento miró hacia otro lado

-Ah, sí, erm... es un shu

-Vale, y qué es eso

-Pues lo que pone aquí en el manual

-Vale, pero qué es lo que pone

-Ah, sí, sí... los shu son hombres rata que vienen desde Shútu.

-O sea, vienen de fuera

-Sí, básicamente

-Genial, eso significa que podemos matarlos sin que nadie nos mire mal

El sargento volvió a rascarse la cabeza. Miró el rastro de sangre negra que había dejado la criatura a su paso, y que había sido exactamente lo que había llevado a los guardias de las alcantarillas a llamar la atención sobre el cadáver. Pensó que el plan de actuación imperial sobre invasiones foráneas era bastante claro sobre la línea de actuación que había que seguir

-Hay que reunirse en la comisaría y hablar con los altos mandos. ¿Cual es la ruta más cercana hacia el mar?

-Ah, pues- uno de los guardias se empezó a rascar el culo- según los cazarratas estas alcantarillas llevan al mar

-Estupendo...

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"Estupendo" pensó el shu

Skabscror gruñó en señal de desaprobación hacia la líder de la manada. Esta hizo caso omiso de la amenaza y siguió escabulléndose por el túnel

El plan estaba siendo un desastre

Siguió corriendo detrás de sus compañeros de camada sus compañeros renzhe, suplicando para sus adentros a Sarvanaash para que consiguiera sobrevivir al final del día. Estaba tan asustado que estuvo a punto de secretar el almizcle del miedo, pero al final consiguió aguantarse, ya que pensó que una metida de pata tan grande complicaría mucho su ascensión social, y más en su primera misión dentro de la orden de los renzhe

Sus demás compañeros, más  experimentados, trepaban sobre sus cuatro patas por los recovecos de la alcantarilla igualando al mismo tiempo una velocidad encomiable. Skabscror, más acostumbrado a correr sobre sus dos patas inferiores, siguió el ritmo al grupo como podía. Desde luego estas condiciones no ayudaban para nada a que el novato asimilase su rol dentro de la manada, y menos cuando él no había tenido ninguna culpa de que las cosas se torciesen tanto.

Ningún compañero pareció notar el retraso de Skabscror. La situación se había complicado tanto que no se lo podían permitir. Y Skabscror tampoco les echaba la culpa, ya que la misión era más importante que su propio pellejo, y era una idea que había tenido que aceptar a regañadientes. Sin embargo, cuando ya llevaban muchos latidos escabulléndose por las alcantarillas, la líder ordenó una parada en una bifurcación.

Los renzhe no desperdiciaron ni un solo segundo en hablar. Todos, Skabscror incluido, aprovecharon el momento para ahorrar todas las energías posibles, tumbandose en la oscuridad y devorando las provisiones que cada uno debía llevar por su cuenta. La líder, cuyo nombre Skabscror desconocía, fue la única que no descansó. Ella dejó el grupo un momento para asomarse por la bifurcación, y olisquear con su largo morro de color pardo. Diez latidos después ya había vuelto de nuevo al grupo, y estaba empezando a sentarse sobre sus patas posteriores cuando empezó a cuchichear entre las sombras:

-Delante-ahí hay ciento cincuenta pasos-latidos, y luego llegaremos-iremos a la cosa-flotante

Skabscror asintió. Si la líder no había dicho nada más, eso significaba que muy probablemente la salida de la cloaca estaría a varios pasos del nivel de la cosa-azul. Afortunadamente, entre todos llevaban suficientes cuerdas como para descender con seguridad, ellos y el cargamento que llevaban consigo.

Asi por fin le pondrían punto y final a aquel viaje que Sarvanaash no había tenido a bien bendecir. Ya llevaban muchos ciclos viajando de una cueva a otra en pleno territorio enemigo. Por el camino, numerosos peligros de las profundidades habían acechado una y otra vez, hasta reducir el grupo a su tamaño actual. Y lo habían hecho todo para lo que, en opinión del novato, era una recompensa miserable y desproporcionada. Cuanto antes volviesen a Shutu, antes recuperarán el favor de su diosa y podrían olvidarse de lo que habían tenido que pasar.

Al parecer la líder debía de pensar exactamente lo mismo, ya que se levantó y corrió hacia la salida. Los demás, sin decir nada ni rechistar, se levantaron al mismo tiempo para seguirla. Seguían corriendo, pero ahora a una velocidad un par de latidos menor, deteniéndose de vez en cuando para olisquear los alrededores.

Atravesaron el cruce a través del túnel, y su final pudieron ver como la luz de Yuèliàng efectivamente se colaba a través de una boca de alcantarilla que llevaba a la cosa-azul. Ahí tenía que estar la cosa-flotante junto a un par de shu esperando para partir con rumbo de vuelta a Shutu

Ah, pero si ya has llegado hasta aquí sabrás que las cosas nunca salen tan bien. Y la líder de la manada también debió de darse cuenta, porque llegado el momento se paró de bruces, oliendose que estaba pasando algo raro. Y vaya que si lo estaba

De repente la líder cayó hacía atrás. Los shu apenas tuvieron segundos para ver qué sucedía, y es que efectivamente su líder había sido asesinada por tres flechas que se habían clavado en su cabeza. No solo la cosa-flotante ya no estaba en su lugar acordado, sino que además las cosas peladas les habían tendido una trampa

La reacción de los shu no se hizo esperar. Skabscror giró sus patas hacia atrás junto al resto de la manada, y corrieron de vuelta hacia la bifurcación. Oyeron como un par de cuerpos más cayeron al suelo, sin duda derribados por las flechas de las cosas-peladas. Skabscror corrió con todas sus fuerzas, dando las gracias a Sarvanaash pro ser tan lento ya que eso muy seguramente le había salvado la vida.

Cuando llegaron al final del túnel los shu se miraron silenciosamente unos a otros. Más flechas golpeaban la pared que acababan de dejar. La decisión estaba clara. Y la escala de mando estaba bien definida. A lo lejos les llegaba el eco de las voces de las cosas-peladas, pisando con sus pesadas armaduras el lodazal de las alcantarillas. El nuevo líder de la manada dirigió el grupo de vuelta a las profundidades

Skabscror maldijo con todas sus fuerzas su suerte, y a quien fuese que les había traicionado. Porque esa era la única explicación para que la líder de manada hubiese muerto. Una traición muy gorda que les había puesto en una situación muy comprometida, con el escuadrón por completo diezmado y rodeado de enemigos con un armamento superior.

Corretearon por los túneles, usando su olfato y su oído avanzado para esquivar las patrullas de las cosas peladas, teniendo siemrpe memorizado el mapa de los túneles. Esto fue así hasta que se dieron cuenta de que todas las salidas estaban bloqueadas. Así que los shu, para desgracia de Skabscror, acordaron silenciosamente que debían atravesar uno de los túneles, y matar en el proceso a todos los enemigos que encontrasen por el camino.

Para ello habían elegido el túnel con la patrulla más pequeña, un tamaño adecuado en teoría. Pero Skabscror sabía la terrible verda:incluso tratándose de un grupo en teoría más pequeño, seguía siendo una patrulla de tamaño considerable llena de cosas-peladas mucho mejor armados que ellos, que solo tenían trapos y harapos negros con los que pelear contra los arcabuces y lanzas de las cosas-peladas. Y todo ello por no hablar de las patrullas adicionales que habría dentro y fuera del alcantarillado. Necesitarían un milagro, o a la mismísima Sarvanaash, si querían salir vivos de ahí

Efectivamente cuando tuvieron al a vista las antorchas del enemigo se encontraron con una gran patrulla armada con arcabuces, lanzas, escudos y vistiendo el uniforme blanco y rojo del Imperio. En cuanto atisbaron las siluetas que se asomaban por el túnel las cosas-peladas plantaron sus escudos en la inmundicia para proteger a sus arcabuceros, que iban preparándose

Skabscror se puso nervioso. Era consciente de que los latidos que estaba teniendo ahora muy fácilmente podían convertirse en sus últimos latidos. Para siempre. Lanzó con todas sus fuerzas una plegaria silenciosa dirigida a su todopoderosa diosa, y recordó a fuego y sangre la estrategia de combate. Uno da una puñalada, otro se acerca por detrás. Otro apuñala, uno se acerca por detrás. Uno apuñala, otro acorrala. Otro acorrala, uno apuñala. Uno apuñala, otro acorrala...

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Gazpacho estudió la oscuridad de los túneles. Como no consiguió ver nada, se encogió de hombros, y le dió un bocado al bocata de chorizo que se había agenciado para la patrulla, aprovechándose de que ni su superior ni sus colegas estaban ahí para reprenderle.

Gazpacho debería estar ofendido porque le limitasen a una tarea de vigilancia en una misión tan importante por ser el recluta más joven, pero en el fondo no era así como se se sentía. Estaba agradecido porque así no tendría que meter sus caras botas en la mierda.

Entonces oyó los disparos.

Se levantó de golpe, lo que provocó que se le cayese el bocata al suelo. Gazpacho miró tristemente la comida desperdiciada, antes de desenvainar su espada y adentrarse en la oscuridad.

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Skabscror dejó de devorar la cara del guardia por un momento. Alzó la vista, y lo único que pudo ver a su alrededor fueron cadáveres y moscas. Todo lo que le rodeaba eran los cuerpos muertos tanto de camaradas afines como de las cosas-peladas. Por un momento Skabscror no se creyó lo que veían sus ojos, asi que volvió a girarse.

Efectivamente, parecía que él había sido el único superviviente. La batalla había sido tan cruenta que el resto de los renzhe habían muerto. Skabscror sacudió el cuerpo de uno de ellos, pero de su boca solo salió una mosca. Tiró el cuerpo al suelo, y empezó a patear otro, sin éxito. Hasta se atrevió a sisear un par de palabras:

-Soy yo-yo, Skabscror ¿Hay alguien vivo-aquí?

No recibió ninguna respuesta

Por un momento, Skabscror estuvo apunto de sucumbir a un ataque de pánico. El corazón le sacudía los oídos con el sacudir de sus latidos, la vista se le nublaba, las garras le temblaban. Cerró los ojos. Afortunadamente consiguió frenar el pánico gracias al entrenamiento que había recibido, pero eso supuso gastar unos pocos latidos valiosos en serenarse mediante la meditación. Cuando abrió los ojos no solo seguía rodeado de cadáveres, sino que el olor del resto de las cosas-calvas se había acercado bastante, seguramente debido al ruido de la batalla. Sí, podía oír sus gritos rebotando por las paredes, sus pasos pisando el agua. Si quería aprovechar su inesperada suerte, tendría que actuar rápido

Cogió una larga espada del cadáver de uno de los renzhe más veteranos del grupo. Cogió un saco de provisiones. Y recordando que la misión no podía fallar, salvó al menos uno de los documentos secretos que habían venido a robar. Con eso ya debía estar todo, así que Skabscror se incorporó para salir por patas del lugar, usando la ruta que el grupo iba a recorrer originalmente, ahora que las patrullas tardarían un poco en cubrir el hueco

Sin embargo, acababa de aparecer una cosa-pelada enfrente suya

Skabscror gruñó disgustado. La cosa-pelada intentó blandir su espada, pero temblaba tanto que esta se le escapó de sus dedos. En seguida el shu pudo averiguar qué estaba pasando: a la cosa-pelada le latía el corazón tanto como él, y se había dejado llevar por el pánico. De hecho, podía oler en el aire que la coa pelada había secretado el almizcle del miedo.

Confiado, Skabscror avanzó un poco más. Asustada, la cosa-pelada intentó moverse hacia atrás, pero tropezó con un brazo mutilado y cayó al suelo. El pánico le podía tanto que ni siquiera podía gritar

Skabscror avanzó más. Desenvainó la espada de sus camaradas muertos y apuntó con ella a la cosa pelada.

Alzó la espada

Y se fue corriendo del lugar


A día de hoy Gazpacho sigue sin saber qué llevó a aquella criatura monstruosa a perdonarle la vida



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