Erase un vez un valle
rico donde había un pueblo de campesinos. Vivían sus días sin que
fuesen apacibles ni desagradables, pagando regularmente sus impuestos
a los representantes del Imperio, y quejándose de que los pastores
se estaban acercando cada vez más cada año, todos los años y todos
los días.
Esta paz se vio alterada
el día que al pueblo llegó Mazo, un pastor que solía pasar por el
valle cuando llegaban las estaciones más calurosas. Solo que esta
vez Mazo no traía ninguna oveja o perro con él. Tenía las ropas
cubiertas de sudor, despedía olor a miedo, y sus ojos se salían de
las cuencas de sus órbitas. Mazo miraba una y otra vez hacia el
cielo, temblaba, se tropezaba cada dos por tres mientras iba hacia el
ayuntamiento. Cuando Raíz, un mozo que acaba de cumplir las
dieciocho primaveras, detuvo a Mazo, lo único que pudo sacarle en
claro fue una palabra
“Dragones”
No tardó en esparcirse
la palabra pro todo el pueblo, y con ella llegó el terror a una
muerte cercana. Aunque la alcaldesa intentó tomar medidas poniendo
milicias ciudadanas en las carreteras, no tardó en desatarse l
locura, con decenas de carromatos huyendo en todas direcciones,
provocando un grave atasco en la carretera principal, y diversos
accidentes mortales.
La alcaldesa, superada
por la situación, no tardó en enviar mensajeros a la capital
imperial más cercana. Calculaba que a lo sumo tardarían 3 días en
tener una patrulla imperial imponiendo el orden en el lugar.
Poco después, en la
víspera del mismo día, llegaron al pueblo más noticias de pastores
y agricultores asustados. Habían tenido avistamientos de dragones en
los extremos meridionales del valle. Costó mucho sonsacar a los
lugareños asustados algo de información, pero cuando llegó la
noche la alcaldesa pudo por fin hacerse a una idea de la situación
en la que estaban, que no tardó en comunicar a los alguaciles: dos
dragones habían llegado al valle, uno en cada extremo meridional. No
parecía que de momento nadie hubiese muerto (salvo algunas heridas
superficiales en peligrosos accidente durante la primera hora de
locura en el pueblo) Los dragones, ambos machos, parecían más
interesados en alimentarse
La solución fue,
efectivamente, evacuar el pueblo, pero organizadamente. Al día
siguiente la evacuación estaba perfectamente supervisada y
organizada por los alguaciles locales, mientras los más agoreros
seguían mirando con desconfianza el cielo.
Cuando el sol del segundo
día ya se estaba escondiendo por el oeste, vino un extranjero a la
comotiva, acompañado por varios guardaespaldas armados con arpones
de diuterio recién afilado. El extranjero, un hombre con pelo en el
pecho y una larga barba, fue directo a hablar con la alcaldesa. En un
comité improvisado el hombre proclamó que sabía la razón por la
que los dragones estaban atormentando el valle
Resulta que en uno de sus
viajes más recientes a Dragonaria el hombre, con un equipo de
mercenarios más amplio que el que tenía actualmente, se las apañó
para atrapar en una trampa a un dragón de la especie de los
escamafilada, que en este caso era un ejemplar de 10 metros de ancho
de color rojo y con cuernos en la cresta. El viaje de vuelta sucedió
sin muchos problemas, con el dragón enjaulado y atado para que no
pudiese escapar. Al legar a tierra, atravesó circunstancialmente
unas montañas cercanas al valle, siguiendo el camino imperial que
llevaba hasta la capital Ordreng.
Todo marchaba como la
seda hasta que un día un rugido de dragón llegó hasta el grupo. Al
principio ignoraron el ruido, considerando imposible que un dragón
hubiese atravesado el mar Trastorco hasta el territorio del Imperio.
Pero en cuanto el rugido se repitió dos, tres, cuatro veces más, el
dragón que tenían atrapado reunió fuerzas insospechadas para
romper sus ataduras, y huir hacia el valle, de dónde venía el
rugido
Los propios tramperos
pudieron deducir que el otro dragón era un macho de la misma especie
(ya que al fin y al cabo eran expertos en cazar dragones e
identificarlos por su olor, huellas, y rugido) Sabiendo que los
dragones eran criaturas muy territoriales, el extranjero le dijo a la
alcaldesa que muy probablemente el otro dragón debía de tratarse de
un enemigo mortal y feroz. Al parecer, según el extranjero los
escamafilada necesitan traer la cabeza muerta de otros machos como
ritual de apareamiento con las dragonas hembras, ritual que podía
suceder en el caso contrario.
Los cazadores calculaban
que al mediodía del siguiente día los dos dragones se encontrarían
en el pueblo, y lo destrozarían inmediatamente en una pelea
territorial para demostrar su virilidad. Esto causó mucha desazón
entre los habitantes del mismo, pues muchas de sus pertenencias,
animales, e incluso familiares se habían quedado en el asentamiento,
y se perderían en medio de una lluvia cataclísmica de fuego y
garras
Para solucionar el
problema el extranjero ofrecido su ayuda a cambio de todos los bienes
que iban a ir destinados al impuesto anual imperial. Una vez pagado,
el extranjero ordenó a los cazadores que se pasasen toda la noche
construyendo un arma secreta hecha para estas ocasiones
Al amanecer del día
fatídico, los aldeanos pudieron observar con detalle el mecanismo:
era una balista enorme, con cuerdas robustas y firmes, ruedas del
tamaño de un hombre de estatura media, y un virote con la punta
hecha de diuterio en estado puro, el metal más comúnmente utilizado
para matar ejemplares del a raza de los dragones.
Los aldeanos quedaron
impresionados por la muestra de fuerza, y por primera vez en tres
días pudieron permitirse tener un poco de esperanza, asi que durante
toda la mañana hubo una pequeña fiesta a los pies de la colina
donde se situaría la mortal arma secreta.
El único que no acababa
de estar muy convencido del plan era Raíz, el joven mozo que habló
por primera vez con Mazorca sobre la primera aparición de un dragón
en el valle. Raíz no tenía ni idea de cómo funcionaba la anatomía
de los dragones, no tenía experiencia en liderar un grupo de gente,
ni sabía ni mucho menos qué hacer con su propia vida, pero Raíz
empezaba a tener sus propias sospechas sobre lo que estaba pasando
ahí
No pudieron confirmarse
hasta que no llegó el momento decisivo.
El sol se hallaba en lo
más alto del cielo cuando un rugido de dragón provocó que la
fiesta se detuviese de súbdito, ya que todos lso festejantes se
quedaron mudos del terror. Al sonar otro rugido de dragón en la
dirección contraria del valle hubo un breve estallido de pánico que
provocó una mifgración instantánea de los aldeanos hasta el lado
conrario de la colina. Junto a la balista ya solo quedaron la
alcaldesa, un par de alguaciles, Ráiz, los cazadores de dragones, y
el extranjero, que parecía bastante satisfecho
Antes de que fuese
demasiado tarde, Ráiz fue a hablar con la alcaldesa, y le mencionó
que sospechaba de las intenciones del extranjero. Esta no pudo hacer
más que encogerse de hombros, ya que ella también sospechaba de él,
y desde luego no había sido plato de buen gusto deshacerse de los
impuestos imperiales, pero dijo que su mano estaba siendo forzada.
El extranjero sonrió
cuando los dos dragones entraron en el claro
Tal y como había
mencionado el relato, los dos eran dragones escamafilada de igual
tamaño, uno rojo, y el otro azul, y los dos eran machos. El dragón
rojo caminaba sobre sus cuatro patas, moviendo la cabeza de derecha a
izquierda, rugiendo con todas sus fuerzas. El dragón azul, que había
entrado también caminando, soltó un gran rugido.
En ese momento, Raíz se
volvió enérgicamente hacia el extranjero, pidiendo que no
disparasen. El extranjero desestimó despectivamente la petición. Al
fin y al cabo, no tenía por qué no hacer caso omiso de un vulgar
campesino. Ya tenía casi en el bolsillo el cadáver de un preciado
dragón, y quien sabe si conseguiría recapturar a otro. En cuanto el
dragón azul despegase, pensaba disparar la balista para matarlo
Raíz, viendo que al ser
joven su palabra no iba a ser estimada, acometió violentamente
contra los operarios del arma. Noqueó a uno con un buen puñetazo en
la mandíbula, y empezó a pelearse mano a mano con otro. El
extranjero, molesto por la intromisión, ordenó a un guardia que
retuviese al mozo, ya que el dragón azul estaba alzando las alas y
no sabía si tendrían un mejor momento para disparar
Entonces la alcaldesa,
armada con un palo, intervino, rodeada por sus alguaciles.
-¡Podéis llevaros
nuestro oro, pero nunca consentiré que le alcéis la mano a una sola
pulga de mi pueblo!
Los guardias,
desprevenidos, sufrieron una severa somanta de palos, mientras el
extranjero gritaba y protestaba. Raíz, viendo que era su
oportunidad, se zafó de su contrincante, y saltó sobre la balista.
Una vez ahí, quitó el virote, y lo arrojó a un lado. El daño ya
estaba hecho
-¡Imbécil!- se atrevió
a gritar el extranjero- ¡Acabas de condenar a tu pueblo!
Raíz sonrió. El dragón
azul ya había alzado el vuelo, y estaba sobrevolando el pueblo, como
si estuviese buscando algo.
En el otro lado, el
dragón rojo empezó a alzar tímidamente sus alas. Claramente le
dolía mover siquiera sus miembros, y en cuanto intentó levantar el
vuelo se pudo ver por qué: sus extremidades aéreas estaban
atrofiadas, rotas, sangrientas, y las membranas de sus alas tenían
múltiples agujeros.
Aun así, de alguna
manera el dragón rojo consiguió alzar el vuelo.
Al principio lentamente,
luego de manera más constante, el dragón rojo fue volando hacia el
dragón azul por encima del centro del pueblo
El dragón azul y el
dragón rojo intercambiaron miradas durante un momento eterno
Cada uno fue volando
hacia el otro con aleteos enérgicos
Y una vez se encontraron,
los dos dragones estiraron el cuello, y unieron sus cabezas en un
gesto misterioso
El extranjero, que no
podía dar crédito a lo que veían sus ojos, no pudo evitar
preguntar:
-¿Cómo ha podido volar?
Raíz, con una cara
sonriente se volvió hacia el hombre, y dijo:
-Muy fácil, señor. El
amor te da alas
Los dos dragones se
fueron volando hacia el horizonte, formando la silueta de un corazón
antes de desaparecer de la vista de todos los presentes
No hay comentarios:
Publicar un comentario